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El precio de la sombrilla

En la vida nada es gratis y el costo de las desmesuras estatales no puede ocultarse bajo el disfraz de la inflación o la máscara del endeudamiento

Sábado 20 de enero de 2018
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Al comenzar las vacaciones, la atención de los veraneantes se traslada del aumento de las tarifas invernales a los peajes y las sombrillas estivales. No toda la población puede veranear, ni son las playas bonaerenses el único destino de quienes pueden hacerlo. Pero las quejas de algunos, debatidas en medios y redes sociales, ofrecen una oportunidad para sumar a esos comentarios una opinión.

Como el café, la pizza o la hamburguesa, la sombrilla de playa, o su hermana mayor, la carpa playera, tienen tras de sí un verdadero ejército de sombras que compone sus costos. Como pequeñas locomotoras que arrastran una invisible ristra de vagones tan pesados como inesperados. Cuando alquilamos una sombrilla, tomamos un café o saboreamos una pizza, contrastamos la baratura del artefacto chino, del cafeto brasileño o del redondel napolitano, con las insólitas cuentas que los acompañan. Pero la sombrilla, el café o la pizza no son lo que aparentan, sino puntas de un iceberg celeste y blanco. El celebérrimo y elusivo costo argentino.

Cuando el 42% del PBI se halla en manos del Estado, cuando 8,5 millones de argentinos deben crear riqueza para pagar a 19,5 millones que, de una forma u otra, viven del Estado (4 millones son empleados públicos); cuando cada jubilado tiene menos de dos activos para mantenerlo (en lugar de cuatro), no puede sorprender que el costo de sufragar tamaños desequilibrios emerja en los precios de todas las cosas que componen el 58% restante.

Pues esta es la gran diferencia entre una mitad y la otra: las prestaciones que brinda el Estado son gratuitas para los usuarios, pero deben pagarse con impuestos que abonan quienes funcionan en el sector privado. Estos facturan precios, odiosa exteriorización de los costos acumulados en la trastienda de la política. Pues los segundos siempre contienen a los primeros: a menos que se opere en "negro", no hay otra forma de evitarlos.

Suelen manejarse cifras y porcentajes globales del gasto público, como si el Estado fuese un personaje distinto de la sociedad, un monstruo voraz en el fondo de una caverna, enemigo público de todos los argentinos por su apetito insaciable. Como el Minotauro cretense que mató Teseo, el ateniense.

Al concebirse al Estado como un ogro alejado de la vida cotidiana, tenemos una falsa visión del conjunto, atribuyendo la culpa de su costo al último eslabón de la cadena alimentaria: el pérfido comerciante, el ávido playero, el pizzero angurriento o el codicioso hamburguesero.

Cuando pagamos una sombrilla, un café, una pizza o una hamburguesa, también se incluye una parte alícuota del sueldo de empleados nacionales, provinciales y municipales; de sus jubilaciones y pensiones (privilegiadas o no); de los aportes sindicales y sus obras sociales; de los subsidios al transporte y a la energía; de los múltiples planes sociales y del costo financiero de endeudarse para pagarlos. Todos ellos, disimulados en los impuestos, las tasas, las contribuciones y los aportes que deben enfrentar a fin de mes quienes nos ofrecen una sombrilla, un café o una pizza.

Todo gasto público, incluido el que se pierde en los vericuetos de la corrupción, es ingreso privado. Nada queda en el Estado, una abstracción poderosa para ordenar la vida en común. Si fuésemos capaces de visualizar ese flujo de dinero, veríamos su minuciosa capilaridad: todos estamos inmersos en su ubicua red de distribución. Y todos, en mayor o menor medida, convivimos en esa confusa mezcla de pagadores y beneficiarios, que crea intereses en toda la sociedad evitando su reducción.

¿Quién no tiene un empleado público en la familia? ¿Un docente, un judicial, una enfermera, un administrativo, un inspector de veredas? ¿Un jefe de otros, un subordinado de aquel, un inspector de alguna cosa, un ordenanza desordenado, un suboficial subestimado, una maestra con licencia, una suplente en su lugar, una secretaria con florero o una recepcionista con sello fechador? ¿Quién no tiene un pariente jubilado (con o sin aportes) o un tío con credencial exento de algún pago?

¿Quién no conoce algún becario del Conicet, un científico del INTI, un ingeniero del INTA, un bioquímico de la Anmat, un tramoyista del Colón, un iluminador de la TV pública o un cinéfilo del Incaa? Y los subsidios al transporte o la energía, ¿no los aprovechan todas las familias, sin reparo alguno? ¿Quién no escuchó de un empresario que genera empleo a base de promociones o créditos blandos, importaciones sin tarifas o exportaciones con reembolsos?

Cuando comparamos precios con Florianópolis, Miami o Viña del Mar, sepamos que en esos lugares no se pretende sostener un universo descomunal de empleos, subsidios, jubilaciones y pensiones con el alquiler de una sombrilla, el expendio de un café, el despacho de una pizza o la venta de una hamburguesa.

Los argentinos debemos aprender que en la vida nada es gratis y que el costo de nuestras desmesuradas preferencias colectivas no puede ocultarse tras el disfraz de la inflación o la máscara del endeudamiento. Tarde o temprano emerge su fea cara en el precio de las cosas que compramos todos los días, fuese una sombrilla, un café, una pizza o una hamburguesa.

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